A modo de preámbulo: en casa, o mejor dicho, en nuestro hogar (sucede en “nuestras casas” de familia) hay una serie de agujeros oscuros invisibles y comúnmente avaros que hacen que se pierda cualquier cosa de la que puedan sacar provecho, dígase papeles, ropa, objetos, o el dinero de mi madre. En honor a esta última víctima, abriré esta pequeña sección de “Agujero oscuro”, para dar cuenta de cada cosa desaparecida. Me gustaría decir que los 5 mil pesos que perdió fue lo último, pero hoy fueron otros mil (su cobro laboral). Me pregunta si tendré clases el lunes, y yo ilusionado por el repentino interés que ella tiene en su lejano hijo, le contesto que sí pero que no el viernes ni el lunes de la semana que viene. Tras ofenderme porque la organización de los días libres no coinciden con sus planes, que ni de uno de lo otro soy responsable, me dice que el viernes podrá ir con la bruja. La bruja, para que lo sepan, es un ser capaz de saber la verdad por un poco de dinero (como un detective, pero sin la investigación). Tiene visitándola desde lo de los 5 mil, y me advierte que está segura que le dirá que “fue un greñudo que usa el dinero para salir con la flaca”; la flaca, aclarando, es Maritza y con los 5 mil hubiéramos ido al carnaval de Ensenada. Suelo quejarme de que mi padre gasta mucho cuando tiene, que no es siempre pero siempre falta. Ahora saco una teoría de que escasea porque culpa de los agujeros (¿?). Y le digo a mi madre que cuando vea un montonsito de dinero me lo gastaré, “de éso a que se pierda”. Por mi cuenta, lo último que perdí fue la visa, pero como quiero renunciar al vecino país no me queda más que decirle a los agujeros que me la guarden, por si acaso.
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